Corralejas: Un paso a lo inesperado

0
698

Por: Libardo Antonio Hernández Ramírez

Por petición de muchos amigos, retomo la pluma, no sin antes reconocer que es una actividad que me apasiona… Hoy, en medio del boom mediático de los llamados animalistas; llámese defensores de animales, cojo el toro por los cuernos para referirme a un tema que se encumbra en el sentir de una región donde la realización de estos “espectáculos” ha sido parte de la vida misma, generación, tras generación.

Un domingo cualquiera, bien temprano, me dispuse a asistir a una tarde de toros… fue Carrillo, la plaza escogida; allí como un comensal cualquiera, bajo un atronador sol y ráfagas de calor que hacían correr el sudor a chorros, fui un trashumante más… miles y miles de rostros expresivos y anónimos deambulaban en aquella escena, el sombrero vueltico, el poncho de moda y la infaltable botella de licor en la mano, eran obligatorios: Todos… todos parecían tener prisa, en aquellos rostros se marcaba una alegría ansiosa que cubría con un manto de impunidad los problemas cotidianos y quizás las dificultades que cual pesada cruz, cada asistente cargaba: Seres únicos y suigeneris, donde sin distingo de clases se entrelazaban en una cofradía de espectadores reales a los que se les marcaba una especie de sadomasoquismo extremo que solo pedía sangre para saciarse.

Uno tras otro, los toros fueron dejando en la arena ríos de sudor y sangre, ya entrada la tarde, uno que otro caballo había caído bajo las astas asesinas así como muchos exhibiendo cual trofeos las magulladuras y cornadas que su trasegar por ese mundo habían sembrado en sus cuerpos… Circo romano, no creo, la gente disfrutaba, la alegría se manifestaba en gritos y al son de los porros pelayeros los cuerpos se contoneaban dándole vida a una pasión… Ese mundo donde la sangre manaba a borbotones en los lomos de los animales fruto de las garrochas, banderillas, banderines, parecía abonar con el mejor fertilizante el placer masoquista de los asistentes… No había caras de horror, no había lamentos, nada ennegrecía el éxtasis lívido que circundaba tal película.

Como no entender ese mundo, mirarlo es una cosa y contarlo otra, hasta de pronto no hayo adjetivos ni verbos para describir lo vivido: Es pasión, es sentimiento, es lo que le gusta al pueblo, entonces no nos enfrasquemos en retoricas sesgadas y pendencieras en torno al extremismo de los que defienden los derechos de los

animales… hasta me pareció que los toros disfrutaban su accionar y se deleitaban arrastrando y levantando a los atrevidos que osaban enfrentarlos, es mundo lleno de historias, una caterva de ilusiones que días tras día se lanza a lo inesperado buscando agradar y asombrar a los que como yo, tuvimos el valor suficiente para enfrentarnos a vivir una tarde de corrales…

Compartir