Las enseñanzas de la Revolución Rusa

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Por: Ramiro Guzmán Arteaga

Cien años después de su triunfo la Revolución Rusa merece el más grande
reconocimiento en el mundo. Hoy hay que decir que la enseñanza más grande fue
el haber confirmado que la historia hay que interpretarla y comprenderla desde
una perspectiva distinta a quienes pretenden hacernos creer que solo es un fósil y
que los hechos históricos son un listado de fechas frías a las que hay que
memorizar.

Con la Revolución Rusa comprendimos que la historia tiene su propia dinámica,
que las sociedades su propia dialéctica y que para comprenderlas hay que
estudiar sus antecedentes desde la filosofía y desde distintas disciplinas del
conocimiento. La Revolución Rusa se constituyó no solo en el más grande
acontecimiento y referente histórico del siglo XX sino que fue el mayor laboratorio
para el estudio y comprobación o negación de las teorías sociológicas que habían
definido las etapas de las sociedades del mundo.

Nos enseñó que las sociedades tienen antecedentes determinados por la lucha
permanente entre poseedores y desposeídos, entre quienes tienen y quienes no
tienen, es decir, la dinámica de la historia está determinada por el impulso de las
contradicciones entre quienes lo tienen todo y quienes no tienen ni donde caerse
muerto.

Nos enseñó que los males y la maldad no estan en el corazón de los hombres,
como erróneamente nos los quieren hacer creer las religiones, sino que son el
producto de males sociales, de inequidades, de injusticias. Que los males como la
guerrilla, el paramilitarismo, el narcotráfico, la corrupción no se originan en el
corazón de los hombres sino que son el producto de una sociedad enferma.

También que la dinámica social de la humanidad no es el producto del azar sino
de una evolución natural y de contradicciones específicas.

Pero más allá de una interpretación desde el materialismo histórico y dialéctico la
Revolución Rusa develó por primera vez en la historia de la humanidad las atrocidades del capitalismo salvaje, lo antihumano que lleva en sus entrañas, que el capitalismo no es el mejor sistema del mundo y que el concepto de democracia es relativo y no un dogma.

Pero nos enseñó también una nueva utopía, es decir, una nueva forma de amar la
vida, de querer, de soñar, de aspirar, de estudiar, de criticar, de leer, de
reflexionar, de protestar, de disentir, y que en las entrañas del capitalismo salvaje
no hay espacio para estas utopías que también son parte de la vida. Porque el
capitalismo rechaza cualquier forma de soñar distinta a las reglas impuestas por él
mismo, que no son otras que las reglas del mercado. La Revolución Rusa nos hizo
soñar. En el Colegio Nacional José María Córdoba, Montería (Córdoba), soñamos
en los Centros de Estudios 12 y 13 de Marzo, donde leíamos los clásicos Rusos:
León Tolstoi, Fiódor Dostoyevski, Mijaíl Sholojov; Máximo Gorki. Inspirados en la
Revolución Rusa comprendimos que una revolución se justifica cuando un pueblo
se muere de hambre.

Comprendimos que el capitalismo, salvaje, es el culpables de que se produzcan
las protestas y las revoluciones en el mundo, que estas no son el producto del
capricho de desadaptados sociales ni de revolucionarios castro chavistas, y que
todo movimiento social amerita ser atendido a tiempo, con soluciones profundas.
Pero la Revolución Rusa se estancó por casi 70 años, se quedó en el absolutismo
que tanto había combatido. Tarde se derrumbaron los muros que la separaban de
occidente. Algo de la ferocidad de la Revolución Rusa inspiró toda esta violencia,
hasta cierto punto justificada, que se ha dado en Colombia. El dogmatismo
soviético en Colombia no puede negarse. Muchos lo asumimos responsablemente
como un error superado. Pero no es que se haya traspaleado la revolución, son
bobos quienes así piensan, es que Colombia también aprendió a que se puede
luchar por un mejor país, que la revolución también es parte de la vida, solo que
también es posible sin derramar una gota de sangre. Por eso, la más grande
experiencia fue que las revoluciones sangrientas son consecuencia de males
peores al de su propia esencia. En Colombia estamos a tiempo de impedirla y no
necesariamente a punta de bala, ni con un lenguaje totalitario, sino con un método
mucho más eficaz: la inteligencia.

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